La bailarina

Publicado en por jorge valda

Bailarina, mi querida niña; mi tierna amante, mi tierna dicha. La consentida por fin adquiere una forma concreta en éste relato carente de belleza. Ella, tímidamente se pregunta por qué, ella tiembla al saber, al ver mi verdadero rostro y mi humana expresión sólo puede desfallecer.

En ríos de sangre la bailarina se reconforta, en ríos de sangre la bailarina bebe, en ríos de sangre la bailarina crece. Recluida cual esperanza, es ella la lucidez que él intentó detener. El Escritor se refugia tras su ideal, su visión de perfección, su visón de fragilidad. En su mundo despojado de luz el Escritor yergue su cruz; se lava las manos al sepultar el recuerdo espectral. En su languidez la bailarina mira como el Escritor alucina, como el Escritor se empecina, como el Escritor la asesina.

Mutilada, la bailarina sonríe y sostiene el flácido cuerpo del Escritor; avasallada, la bailarina retiene la pesada digresión de la luz. El Escritor deja las ofrendas ante su altar, construye fantasías en busca de alegría. Empero, sólo encuentra inconformidad, inconstancia, malestar. La bailarina cubre las heridas, la bailarina construye una vida. Ellas se fueron, ellas murieron y la bailarina se yergue tratando de colmar el absurdo vacío que se impone en la mirada del Escritor.

La bailarina se fue, espantada al verlo crecer, destruida por falta de amor, desdeñada por el terror. 

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